
El histórico sector de San Victorino, en pleno centro de Bogotá, se ha convertido en el escenario más visible de la tensión entre el comercio de toda la vida y el empuje del e-commerce. Mientras los pasillos y calles que antes estaban abarrotados de compradores muestran hoy vacíos cada vez más frecuentes, las compras en plataformas como Temu y Shein crecen a un ritmo imparable.
Este choque entre mercado físico y comercio online no solo afecta a los pequeños vendedores, sino a toda una cadena de valor que incluye mayoristas, distribuidores regionales y talleres de confección. Lo que ocurre en San Victorino sirve como termómetro de un fenómeno que también se observa en otros países, incluido el entorno europeo, donde el auge de los gigantes digitales está obligando a replantear el futuro del comercio minorista.
La ola digital que está reordenando el comercio
En Colombia, el comercio electrónico encadena varios años de crecimiento de doble dígito, con proyecciones que rondan o superan el 20 % anual en número de transacciones. Esta expansión tiene un impacto directo en núcleos comerciales tradicionales como San Victorino, que ven cómo parte del gasto de los hogares se desplaza de los mostradores físicos a las pantallas del móvil.
Las cifras recientes de la Cámara Colombiana de Comercio Electrónico ilustran la magnitud del cambio: en 2025 se registraron 684,6 millones de transacciones digitales, casi un 19,9 % más que el año anterior, alcanzando unos 27,3 billones de pesos solo en el primer trimestre. Estos datos confirman que las compras por internet se han integrado en la rutina diaria de muchos consumidores.
Este patrón no es exclusivo de Colombia. En Europa y España el comercio online también ha ganado un peso notable en los últimos años, presionando a zonas comerciales históricas y pequeños negocios que dependen del flujo constante de compradores presenciales. La experiencia colombiana actúa como espejo de una tendencia global: cada vez más compras se cierran en la red, reduciendo visitas físicas a mercados y galerías.
Detrás de este viraje se combinan varios factores: mayor acceso a internet móvil, familiaridad con las apps de compra, pagos digitales más sencillos y una oferta casi ilimitada de productos que llegan, en teoría, a cualquier rincón del país o del continente sin necesidad de intermediarios.
San Victorino, un eje histórico bajo presión

Durante décadas, San Victorino ha sido sinónimo de comercio popular y precios ajustados, un lugar al que acudían tanto compradores al detal como comerciantes de otras zonas del país para surtirse de ropa, calzado y artículos para el hogar. Esa lógica, basada en la compra presencial y en el trato directo, se está viendo seriamente cuestionada.
Los vendedores del sector hablan de caídas de facturación que oscilan entre el 20 % y el 40 % en el último año, especialmente en segmentos que han encontrado un enorme escaparate digital, como la moda y los productos para el hogar. En muchos locales se percibe menos movimiento, menos bolsas en mano y más incertidumbre sobre cómo será la próxima temporada.
Para quienes llevan años en la zona, el problema no se limita a un bache temporal. Consideran que la competencia de Temu, Shein y otras plataformas está transformando la manera en que la gente compara precios, elige productos y decide dónde gastar su dinero. La posibilidad de revisar catálogos interminables sin pisar la calle ha restado atractivo a la experiencia de recorrer bodegas y pasillos en busca de ofertas.
En paralelo, se ha ido perdiendo el rol de San Victorino como gran centro de abastecimiento de comerciantes de otras regiones, que solían viajar de madrugada para surtir sus tiendas. Cada vez más, esos compradores tradicionales evalúan la opción de pedir directamente por internet, lo que altera por completo el flujo habitual de mercancías.
El nuevo consumidor: precio, comodidad y pantalla
Buena parte del éxito de Temu y Shein se explica por su capacidad para alinearse con las prioridades del consumidor digital: precios bajos, comodidad y rapidez en el proceso de compra. Sus aplicaciones y páginas web prometen entregas a domicilio, seguimiento del pedido y sistemas de pago integrados en unos pocos clics.
Estas plataformas conectan directamente al usuario con fábricas y grandes proveedores, ofreciendo márgenes muy ajustados y campañas de descuentos constantes. A esto se suma una presencia agresiva en publicidad online y redes sociales, que bombardea a los potenciales clientes con promociones y tendencias.
Los comerciantes de San Victorino matizan, no obstante, que la percepción de que “siempre es más barato por internet” no se cumple en todos los casos. Cuando se añaden costes de envío, tiempos de espera y eventuales recargos, algunos productos terminan teniendo un precio final similar o incluso superior al que se ofrece en los locales físicos.
Aun así, muchos consumidores valoran la posibilidad de comprar sin desplazarse, evitar aglomeraciones y recibir el paquete en la puerta de casa. Además, el uso de redes sociales como escaparate de productos y la facilidad de pagar con el móvil han ido consolidando un hábito que deja en desventaja a los comercios que dependen exclusivamente del paso por la tienda.
En este contexto, la experiencia presencial de compra -probarse la ropa, negociar cara a cara, revisar calidades al tacto- ya no resulta suficiente por sí sola para retener a un público cada vez más acostumbrado a resolverlo todo desde la pantalla.
Mayoristas y distribuidores, los grandes damnificados
El impacto del auge de las plataformas digitales no se limita a las vitrinas de San Victorino. Según voceros del sector, como Yansen Estupiñán, del centro comercial Neos, los más golpeados son los distribuidores mayoristas que históricamente se abastecían en esta zona para revender en otras regiones del país.
Durante años, comerciantes de departamentos como el Cauca, el Eje Cafetero o Norte de Santander viajaban periódicamente a Bogotá para comprar al por mayor y luego distribuir los productos en sus ciudades. Ahora, muchos de esos clientes regionales están dejando de venir porque sus propios compradores finales acceden directamente a las plataformas digitales.
Este cambio ha reducido de forma drástica el mercado de los intermediarios, que han visto cómo su papel en la cadena se difumina. Algunos mayoristas se han visto obligados a abandonar la actividad o a buscar otras fuentes de ingreso, al no poder competir con la compra directa desde el móvil.
La caída de la demanda de estos distribuidores genera un efecto dominó sobre los comerciantes de San Victorino y, más abajo en la cadena, sobre talleres de confección y pequeñas empresas satélite. Se estima que la venta de prendas al por mayor ha caído más de un 35 %, con repercusiones claras en el empleo y la producción.
De este modo, lo que podría parecer un simple cambio de canal de compra -del mercado físico a la app- se traduce en tensiones laborales y económicas para cientos de familias que dependían de la confección, el transporte y la distribución de mercancías asociadas a este enclave comercial.
Competencia en condiciones desiguales y debate regulatorio
Otra de las preocupaciones recurrentes entre los comerciantes es la sensación de que la competencia con las plataformas extranjeras no se da en igualdad de condiciones. Mientras las tiendas formales deben asumir obligaciones tributarias como IVA, renta o impuestos locales, señalan que parte de las mercancías que entran a través de plataformas digitales lo hacen bajo esquemas que reducen significativamente sus costes.
Esta situación, según representantes del sector, permite a gigantes como Temu o Shein manejar márgenes que superan el 50 %, lo que les facilita invertir más en publicidad, ofrecer promociones agresivas y captar directamente al cliente final, dejando sin espacio al distribuidor tradicional.
Ante este escenario, los actores del comercio físico reclaman una revisión de la regulación para que las reglas del juego sean más equilibradas entre el comercio local y los grandes marketplaces internacionales. El debate no es exclusivo de Colombia: en la Unión Europea también se han abierto discusiones sobre fiscalidad digital, control aduanero y condiciones de entrada de pequeños envíos procedentes de fuera del bloque, y sobre la presión que sufren los retailers europeos.
El temor de los comerciantes es que, si no se actúa, se consolide un modelo en el que los productos importados lleguen directamente al consumidor, con poca trazabilidad y escaso retorno fiscal para el país, mientras los actores locales pierden terreno y empleo.
En paralelo, algunos sectores piden reforzar la información al consumidor sobre el origen de la mercancía, los derechos de garantía y las implicaciones de optar por un canal u otro, de forma que la decisión de compra sea más consciente y no se base solo en el precio aparente del producto.
Campañas en las calles para recuperar a los compradores
Para hacer visible su situación, los comerciantes de San Victorino han organizado jornadas simbólicas en las que cuelgan carteles y pancartas en postes, paredes y locales con mensajes que invitan a apoyar el comercio nacional y la producción local. El objetivo es recordar a los ciudadanos que detrás de cada compra física hay empleos y economías familiares que dependen de esa elección.
Durante estas campañas, los vendedores muestran comparativas reales de precios y tiempos de entrega entre productos adquiridos vía plataformas digitales y los que se ofrecen en el propio sector. Buscan desmontar la idea de que el canal online es siempre más rentable, señalando que, en muchos casos, el coste final y la espera no compensan frente a la posibilidad de llevarse el producto al momento.
También enfatizan ventajas del comercio tradicional que no siempre se valoran a primera vista, como la facilidad para hacer cambios o gestionar garantías, la posibilidad de ver y tocar el producto antes de pagarlo y la inmediatez de la entrega, especialmente importante en campañas de alto movimiento como Navidad o temporadas escolares.
Estas iniciativas tienen, además, una dimensión pedagógica: los comerciantes pretenden que los consumidores comprendan el impacto que tiene su decisión de compra en la industria nacional, los talleres de barrio y las pequeñas empresas. Un consumo que prioriza lo local, argumentan, contribuye a dinamizar la economía interna frente a un modelo basado casi exclusivamente en importaciones baratas.
A día de hoy, sin embargo, el desafío sigue siendo mayúsculo. Aunque las campañas logran cierta atención mediática y apoyo puntual, el comportamiento de fondo del mercado indica que la transición hacia lo digital continúa, empujada por la comodidad y la inercia de unos hábitos ya consolidados.
Estrategias de adaptación y retos pendientes
En este contexto, la gran pregunta para San Victorino y para otros ejes comerciales, ya sea en América Latina o en Europa, es cómo reconvertirse sin perder su esencia. Más que dar por hecho un declive inevitable, algunos actores del sector insisten en la necesidad de combinar las fortalezas del comercio físico con las herramientas del entorno digital.
Entre las opciones sobre la mesa figura la digitalización de los propios comercios, con presencia en marketplaces locales, creación de catálogos online y uso más intenso de redes sociales para mostrar productos, informar de ofertas y mantener el contacto con clientes habituales. La idea es que el mercado de toda la vida también pueda aparecer en la pantalla cuando el usuario busca dónde comprar.
Otra línea de trabajo pasa por mejorar la experiencia de compra presencial: horarios más amplios en temporadas clave, eventos especiales, promociones por volumen y servicios añadidos que hagan que la visita al sector resulte atractiva frente a la alternativa de quedarse en casa con el móvil.
El asociacionismo también se perfila como un elemento clave. A través de alianzas entre comerciantes, es posible negociar mejores condiciones con proveedores, compartir costes de logística y desarrollar plataformas de venta conjunta que permitan ganar visibilidad frente a los gigantes globales.
Con todo, el margen de maniobra no es infinito. El ritmo al que avanzan las plataformas de comercio electrónico obliga a tomar decisiones rápidas y a repensar modelos de negocio que llevaban décadas funcionando prácticamente igual. La adaptación no solo requiere inversión, sino también formación y apoyo institucional para que los pequeños negocios no queden fuera del juego digital.
El caso de San Victorino ilustra hasta qué punto la expansión de actores como Temu y Shein está redefiniendo el mapa del comercio, desde los puestos de venta hasta los talleres de confección y los distribuidores regionales. La caída de las ventas presenciales, el desplazamiento de los mayoristas y las campañas para atraer a los compradores revelan un sector en plena encrucijada, que intenta encontrar su lugar en un mercado donde la pantalla se ha convertido en el principal escaparate, pero en el que muchos aún valoran la cercanía, la confianza y la inmediatez del comercio de toda la vida.