La creadora de ChatGPT ha dado un golpe sobre la mesa en la carrera global por la inteligencia artificial al cerrar una de las rondas de financiación privadas más abultadas de la historia. La operación, liderada por Amazon, Nvidia y SoftBank, consolida a OpenAI como uno de los actores centrales del nuevo mapa tecnológico internacional.
En esta nueva fase, la empresa dirigida por Sam Altman no solo suma capital fresco, sino que amarra acuerdos de infraestructura, nube y chips que condicionarán el desarrollo de la IA avanzada durante la próxima década. Para Europa y España, donde el debate gira en torno a la regulación, la protección de datos y la soberanía digital, el movimiento subraya hasta qué punto el poder de la IA se está concentrando en unos pocos grupos con una capacidad de inversión difícil de replicar desde este lado del Atlántico.
Una ronda de 110.000 millones que reescribe las cifras de la IA

OpenAI ha recaudado 110.000 millones de dólares (unos 93.175 millones de euros) en una ronda anunciada este viernes, con la que su valoración pre-money se sitúa en torno a los 730.000 millones de dólares y escala hasta aproximadamente 840.000 millones tras incorporar los nuevos fondos. Se trata de una cifra que la coloca ya en la órbita de los grandes grupos cotizados de Wall Street, pese a seguir siendo una compañía no listada en bolsa.
El reparto del capital es claro: 50.000 millones de dólares proceden de Amazon, mientras que Nvidia y SoftBank comprometen 30.000 millones cada una. La empresa ha dejado la puerta abierta a que se sumen otros inversores financieros en fases posteriores, lo que podría terminar elevando todavía más el volumen total captado.
La operación supone prácticamente triplicar los 40.000 millones de dólares levantados en marzo de 2025, cuando la valoración de OpenAI rondaba los 300.000 millones. En menos de un año, el mercado privado ha redimensionado el tamaño que considera “aceptable” para un campeón de la IA generativa, con una brecha cada vez mayor respecto a rivales como Anthropic, que recientemente consiguió 30.000 millones de financiación con una valoración de 380.000 millones.
Desde la propia compañía se admite que la jugada tiene tanto que ver con el dinero como con el control de la infraestructura. No se trata solo de financiar una startup, sino de asegurarse acceso preferente al cómputo, a los chips y a los modelos que soportarán los servicios de IA de próxima generación, incluidos aquellos dirigidos a empresas europeas que hoy dependen en gran medida de proveedores de nube estadounidenses.
Altman ha defendido públicamente esta escalada de capital señalando que la IA “se va a desplegar en todas partes” y que el mundo necesita una capacidad de computación colectiva sin precedentes para sostener ese salto. El mensaje implícito es que quien pueda pagar esa factura marcará el ritmo de innovación y las reglas del juego.
Amazon y AWS: 50.000 millones y un pacto de infraestructura a ocho años

El socio más visible en esta ronda es Amazon, que se compromete a invertir 50.000 millones de dólares en OpenAI. La aportación se articulará de manera escalonada: una primera inyección de 15.000 millones y otros 35.000 millones adicionales ligados al cumplimiento de determinados hitos en los próximos meses. Esta estructura permite al gigante del comercio electrónico y del cloud ir ajustando su exposición en función de cómo evolucione el negocio.
Más allá del capital, el corazón del acuerdo está en la nube. OpenAI y Amazon Web Services (AWS) han ampliado su contrato plurianual desde los 38.000 millones de dólares anteriores hasta los 100.000 millones en un horizonte de ocho años. En la práctica, esto supone que una parte relevante del crecimiento de OpenAI se apoyará en la infraestructura de AWS, reforzando su posición frente a otros proveedores globales como Google Cloud.
El pacto incluye el compromiso de OpenAI de consumir alrededor de 2 gigavatios de capacidad de cómputo basada en los chips Trainium de Amazon, diseñados específicamente para cargas de trabajo de IA. Estos procesadores, en sus generaciones actuales y futuras (Trainium3 y Trainium4, prevista para 2027), están orientados a reducir costes y mejorar la eficiencia energética, un factor clave en un contexto europeo donde la factura eléctrica y las exigencias climáticas pesan cada vez más.
Sobre el papel, esta relación sitúa a AWS como proveedor exclusivo de distribución en la nube de OpenAI Frontier, la plataforma empresarial de máximo nivel de la compañía. Para las empresas españolas y europeas que ya operan sobre AWS, esto se traduce en un acceso relativamente directo a los modelos más avanzados de OpenAI a través de la infraestructura que ya utilizan, aunque siempre bajo un marco de dependencia tecnológica que la UE observa con recelo.
Entre los desarrollos previstos figura también un entorno de ejecución con estado, accesible desde Amazon Bedrock, que permitirá construir aplicaciones y agentes de IA capaces de recordar tareas anteriores, mantener contexto durante largos periodos y coordinar múltiples herramientas. Es un cambio relevante respecto a los modelos “sin memoria” que han dominado hasta ahora, y puede tener impacto directo en sectores como la banca, los seguros o la administración pública europea, donde la trazabilidad y la continuidad de los procesos son esenciales.
Nvidia refuerza su dominio en chips con hasta 5 GW de capacidad para OpenAI

En paralelo al acuerdo con Amazon, OpenAI ha cerrado una ampliación de su colaboración con Nvidia, el fabricante de chips que se ha convertido en uno de los grandes vencedores del auge de la IA. La compañía compromete 30.000 millones de dólares en la ronda y garantiza a OpenAI el acceso a una infraestructura de cómputo a una escala pocas veces vista.
El pacto incluye el uso de 3 gigavatios de capacidad dedicada a inferencia (ejecución de modelos ya entrenados) y 2 gigavatios para entrenamiento, desplegados sobre los nuevos sistemas Vera Rubin. Esta plataforma de próxima generación se suma a las arquitecturas Hopper y Blackwell ya operativas en la nube de socios como Microsoft, Oracle Cloud Infrastructure (OCI) o CoreWeave.
Desde OpenAI subrayan que esta combinación de capital y acceso a hardware les permite entrenar e implementar modelos de frontera a escala global. El acuerdo encaja con lo que algunos analistas han bautizado como “economía circular de la IA”: los fabricantes de chips y los proveedores de nube inyectan miles de millones en las empresas de modelos, que a su vez les devuelven ese capital en forma de compras masivas de procesadores y contratos de infraestructura.
En el contexto europeo, donde la Comisión y los Estados miembros trabajan en estrategias de soberanía digital y capacidad de cómputo propia, resulta significativo que buena parte de la potencia que alimentará los modelos más avanzados siga concentrándose en manos de unas pocas empresas estadounidenses. La brecha entre los esfuerzos de la UE por levantar centros de datos y superordenadores “made in Europe” y el músculo de estas alianzas privadas es cada vez más evidente.
Para Nvidia, la operación consolida su posición como proveedor prácticamente imprescindible del hardware que hace posible la IA contemporánea. Y para OpenAI, garantiza que, al menos durante los próximos años, no le falten recursos para sostener el entrenamiento de modelos de nueva generación, incluso si los requisitos de potencia continúan creciendo de forma exponencial.
Microsoft se mantiene en el centro pese a la entrada de nuevos socios
La irrupción de Amazon y el refuerzo de Nvidia han reavivado las dudas sobre el papel de Microsoft, que hasta ahora había sido el gran aliado de referencia de OpenAI. Ambas compañías han querido despejar cualquier interpretación de ruptura y han reiterado que el acuerdo existente se mantiene.
Según han explicado, Microsoft conserva su licencia exclusiva sobre la propiedad intelectual de los modelos y productos de OpenAI, así como su posición como proveedor único de nube para las API “sin estado”, es decir, las peticiones individuales sin memoria entre interacciones. En la práctica, muchas de las consultas que realizan empresas y desarrolladores a través de integraciones en Azure seguirán pasando por la infraestructura de Redmond.
También sigue vigente el esquema de reparto de ingresos entre ambas partes, incluidos los derivados de colaboraciones con otros proveedores de nube. Esto significa que, aunque Amazon gane peso como socio de infraestructura en determinadas capas, Microsoft continúa participando en la monetización del ecosistema OpenAI, algo relevante dada su fuerte presencia en Europa con Azure y su base instalada de clientes corporativos.
Otro elemento que no se toca es la definición contractual de inteligencia artificial general (AGI) y los procedimientos para determinar si se ha alcanzado o no ese umbral. OpenAI y Microsoft mantienen un marco común para evaluar los avances hacia sistemas con capacidades comparables a las humanas, un debate que la UE sigue de cerca por sus implicaciones éticas, regulatorias y de seguridad.
La consecuencia práctica es que el mapa de alianzas alrededor de OpenAI se vuelve más complejo: Microsoft, Amazon y Nvidia pasan a compartir mesa en un ecosistema donde todos son socios y rivales a la vez, y donde las decisiones de uno pueden impactar de forma directa en la cuota de mercado y la capacidad de innovación de los otros.
Usuarios, ingresos y el reto de justificar valoraciones de vértigo
El despliegue de capital llega acompañado de cifras de negocio que muestran una adopción sin precedentes. OpenAI afirma que ChatGPT supera ya los 900 millones de usuarios activos semanales y que cuenta con más de 50 millones de suscriptores de pago. En el ámbito profesional, la compañía habla de más de 9 millones de usuarios empresariales, mientras que Codex, su herramienta orientada a desarrolladores, habría triplicado su base hasta alcanzar alrededor de 1,6 millones de usuarios semanales.
En términos de ingresos, las cifras internas compartidas con inversores apuntan a un fuerte crecimiento: se habla de una facturación anualizada que habría superado los 13.000 millones de dólares recientemente y de proyecciones que sitúan los 30.000 millones en 2026 y más de 60.000 millones en 2027. Son expectativas agresivas que buscan justificar una valoración pre-money de 730.000 millones en un contexto en el que la compañía sigue registrando pérdidas relevantes.
La propia dirección reconoce que la rentabilidad no es inminente. El horizonte de flujo de caja positivo se desplaza hacia 2030, con un consumo de capital muy elevado en cómputo, talento y despliegue de producto. De hecho, Altman ha pasado de hablar de una factura de hasta 1,4 billones de dólares en cómputo durante la próxima década a una estimación revisada en torno a los 600.000 millones, después de las dudas expresadas por parte de los inversores.
En Europa, donde el sector tecnológico ha sido tradicionalmente más prudente con las valoraciones, este tipo de cifras alimenta el debate sobre si la IA está gestando una nueva burbuja. El paralelismo con la era puntocom, cuando muchas empresas inflaban ingresos y valoraciones a base de contratos circulares, aparece con frecuencia en los análisis, especialmente al observar acuerdos en los que los mismos socios que invierten en OpenAI son los que le venden chips, nube y servicios.
Con todo, la posición de OpenAI en el mercado es difícil de ignorar. Para muchas empresas europeas, sus modelos se han convertido en una pieza casi estándar de los proyectos de automatización y asistentes virtuales, lo que explica que parte del capital esté apostando por el efecto red y la posibilidad de que la empresa acabe actuando como una infraestructura casi sistémica de la economía digital.
En suma, la megarronda liderada por Amazon, Nvidia y SoftBank coloca a OpenAI en una posición de fuerza inédita, con recursos financieros y capacidad de cómputo reservados a muy pocos actores en el mundo. La empresa asegura el combustible necesario para seguir empujando la frontera de la IA, mientras se rodea de socios que dominan la nube y el hardware. Para España y el resto de Europa, el movimiento refuerza una realidad incómoda: la revolución de la inteligencia artificial avanza al ritmo que marcan unos cuantos gigantes estadounidenses y asiáticos, y la capacidad de influir en ese proceso dependerá tanto de la regulación como de la habilidad para construir alternativas propias que no queden relegadas a un papel secundario.