Las llamadas spam se han convertido en un ruido de fondo constante en la vida diaria: números desconocidos que suenan a cualquier hora, locuciones automáticas, ofertas agresivas y avisos comerciales que nadie ha pedido. Pese a los cambios legales y a los filtros que incorporan ya muchos móviles, millones de usuarios siguen recibiendo comunicaciones telefónicas no deseadas cada mes.
En ese contexto, la reacción instintiva de mucha gente es sencilla: coger el teléfono, comprobar que es publicidad y colgar de inmediato. Sin embargo, la forma de responder —o de cortar— puede tener justo el efecto contrario al que se pretende. Hoy, buena parte de estas llamadas ya no dependen de una persona al otro lado, sino de sistemas automáticos que registran cada gesto y lo convierten en datos.
El problema de fondo es que estas llamadas ya no las controla un agente humano que interpreta el tono de voz o el enfado, sino plataformas que manejan volúmenes masivos de números y patrones de comportamiento. Para estos sistemas, lo importante no es si el usuario se ha molestado, sino si el número contesta, cuánto dura la llamada y qué respuesta verbal se obtiene, por mínima que sea.
Cuando alguien descuelga y cuelga en cuestión de segundos, la máquina no interpreta un “no me interesa”. Lo que registra es que el número existe, que está operativo y que el usuario atiende. En la práctica, ese comportamiento puede etiquetar al teléfono como un contacto “activo”, interesante para futuras campañas comerciales o incluso para bases de datos que se revenden a terceros.
De ahí que muchas personas tengan la sensación de que, cuanto más rápido cuelgan las llamadas spam, más acaban recibiendo. El gesto humano de hartazgo no se traduce en rechazo para el algoritmo; solo refleja que, al otro lado, hay alguien que responde casi siempre, aunque sea para cortar la conversación.
Cómo funcionan las nuevas llamadas automáticas
Una parte cada vez mayor del spam telefónico se gestiona con sistemas automatizados e inteligencia artificial. Estas plataformas lanzan miles de llamadas en segundos, detectan si alguien descuelga, distinguen entre silencio, respuesta humana o buzón de voz y toman decisiones en función de esos primeros instantes.
Si el usuario responde pero no llega a haber una interacción clara —por ejemplo, cuelga justo después de decir “hola” o ni siquiera habla—, la llamada suele clasificarse como “interrumpida” o “no completada”. Para el sistema, eso no es un rechazo, sino una señal de que puede merecer la pena insistir más adelante, quizá en otra franja horaria o desde otro prefijo.
En cambio, cuando hay una contestación breve y directa del tipo “no gracias, no estoy interesado”, seguida de colgar, el comportamiento cambia. En muchos modelos, esa secuencia se procesa como una negativa explícita y el número puede quedar marcado con menor prioridad para futuras campañas o incluso excluirse en determinados listados, aunque no exista garantía absoluta.
Esto explica por qué algunos expertos recomiendan evitar tanto las discusiones como el silencio tenso. La clave no es prolongar la llamada, sino dejar claro en pocos segundos que no hay interés comercial, sin ofrecer datos adicionales y, después, bloquear el número si el dispositivo lo permite.
En paralelo, los fabricantes de móviles y las operadoras van afinando sus propios filtros: marcar una llamada como no deseada ayuda a entrenar estos sistemas, que aprenden a reconocer patrones de números, prefijos y comportamientos sospechosos para frenar futuras comunicaciones similares.
Un riesgo que va más allá de la simple molestia
Más allá del incordio diario, las llamadas comerciales no deseadas tienen un componente de riesgo que preocupa a las autoridades de consumo. No todas esconden un intento de fraude, pero gran parte de las estafas telefónicas arrancan de la misma manera: verificando qué números contestan, durante cuánto tiempo y qué tipo de respuestas dan los usuarios.
Basta con que el receptor atienda unos segundos para que el número quede validado como línea operativa. A partir de ahí, esa información puede circular por múltiples bases de datos, acabar en manos de empresas de telemarketing muy agresivas o incluso integrarse en redes delictivas especializadas en engaños más complejos.
Los riesgos son variados: desde un uso intensivo de datos personales para campañas comerciales continuas hasta intentos de suplantación de identidad, contratación no deseada de servicios o fraudes financieros. De hecho, muchos contratos por teléfono se cierran aprovechando la sensación de urgencia y la confianza del usuario en la marca que dice estar llamando.
Por eso las organizaciones de consumidores recomiendan controlar con mucho cuidado qué se dice y qué no durante una llamada inesperada. No se deben facilitar nombres completos, direcciones, datos bancarios, códigos de verificación ni otra información sensible, aunque el interlocutor afirme ser del banco, de la compañía eléctrica o de la operadora de siempre.
Una respuesta sencilla como “no quiero recibir llamadas comerciales, borren mis datos de su lista” suele ser suficiente para dejar constancia del rechazo. A continuación conviene colgar, bloquear el número y, cuando sea posible, reportar la llamada a través de las opciones del propio teléfono o del operador para contribuir a mejorar los mecanismos de detección.
La dimensión del problema en España
En el Estado español, las llamadas spam se sitúan entre las principales quejas de los usuarios de telecomunicaciones. Los datos recogidos por informes especializados apuntan a que más de la mitad de las llamadas de números desconocidos que recibe la ciudadanía no son bienvenidas.
Según el Informe Global sobre Amenazas Llamadas de Hiya, publicado en 2025, el 56% de las llamadas de remitentes no identificados en España se consideran no deseadas. De media, cada persona recibe alrededor de 15 llamadas de este tipo al mes, una cifra suficientemente elevada como para afectar al día a día y a la sensación de seguridad de muchos usuarios.
El incremento del spam telefónico está ligado, entre otros factores, a la sofisticación de las técnicas de captación y fraude, al tráfico de bases de datos personales y al uso masivo de sistemas automáticos de marcación. A esto se suma que, con frecuencia, las empresas utilizan subcontratas y centros de llamadas externos, lo que dificulta identificar quién está realmente detrás de las campañas más agresivas.
Las autoridades y organizaciones de consumidores insisten en que, sin un régimen sancionador claro y efectivo, muchas compañías seguirán buscando resquicios para mantener este modelo de venta. Aun cuando la legislación prohíbe ciertas prácticas, la experiencia demuestra que las empresas tienden a explorar los límites de la norma si no hay consecuencias económicas relevantes.
En paralelo, la cultura de la prisa y las ofertas “solo por hoy” hace que muchos usuarios acepten condiciones por teléfono sin haberlas leído con calma. Este comportamiento, unido al valor económico de los datos personales, alimenta un mercado en el que la llamada fría continúa siendo una herramienta muy rentable.
Qué dice la ley sobre las llamadas comerciales
Para hacer frente a esta situación, en España se ha reforzado en los últimos años el marco legal que regula las comunicaciones comerciales no solicitadas. Una de las normas clave es la Ley General de Telecomunicaciones de 2023, que introdujo la prohibición de realizar llamadas comerciales sin contar con el consentimiento previo y expreso del usuario.
Esta ley también reconoce el derecho de las personas a oponerse a recibir este tipo de comunicaciones, lo que sobre el papel debería reducir notablemente el volumen de llamadas indeseadas. Sin embargo, la realidad es que una parte importante del sector ha seguido recurriendo a estrategias muy agresivas, amparándose en interpretaciones flexibles del “interés legítimo” o en consentimientos antiguos incluidos en contratos poco claros.
Para reforzar esa protección, el Congreso ha aprobado recientemente la Ley de Servicios de Atención al Cliente (SAC), que introduce nuevas obligaciones para las empresas de sectores considerados esenciales, como la energía, las telecomunicaciones, el transporte, el agua o los servicios funerarios.
Una de las novedades más destacadas es que las empresas deberán utilizar un prefijo telefónico específico para todas sus llamadas comerciales, distinto del que emplean para la atención al cliente tradicional. Además, no podrán compartir numeración entre ambos usos, lo que facilita distinguir a simple vista si se trata de una gestión de cliente o de una oferta comercial.
La norma también obliga a que las operadoras bloqueen automáticamente cualquier llamada publicitaria que no provenga de esos prefijos habilitados. De este modo, si una campaña intenta esquivar la regulación usando numeración no autorizada, los operadores deberían impedir que la llamada llegue siquiera al usuario final.
Otro cambio relevante es la reforma del artículo 62 de la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios. A partir de ahora, los contratos derivados de llamadas realizadas sin consentimiento expreso podrán declararse nulos si se han incumplido las reglas sobre comunicaciones no solicitadas. Se presume que no existe consentimiento válido si no se ha otorgado o renovado de forma explícita en los dos años anteriores.
Desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) valoran que la SAC supone un avance significativo, pero advierten de que no implicará el fin del spam telefónico. Su delegado en Euskadi, Kepa Loizaga, recuerda que muchas grandes compañías se apoyan en subcontratas, lo que introduce una capa de opacidad y complica la depuración de responsabilidades cuando se llevan a cabo prácticas abusivas.
Por qué siguen llamando: datos, permisos y letra pequeña
Una de las razones por las que las llamadas spam no desaparecen pese a las prohibiciones tiene que ver con los permisos que los propios usuarios conceden sin darse cuenta. En muchos contratos y formularios en línea, la letra pequeña incluye cláusulas que autorizan a recibir ofertas comerciales, a ceder datos a terceros o a utilizar el llamado “interés legítimo” para mantener el contacto incluso después de cancelar un servicio.
Este entramado de consentimientos cruzados hace que las empresas dispongan de información muy detallada sobre qué servicios tenemos contratados (luz, gas, teléfono, seguros, etc.) y puedan dirigirse a nosotros por nuestro nombre, ofreciendo cambios y mejoras aparentemente muy personalizadas.
Además, la figura del “consentimiento previo” permite que, en el momento de firmar un contrato o marcar una casilla en una web, el usuario acepte tanto comunicaciones de la empresa principal como de otras compañías vinculadas o socias comerciales. En muchos casos, el usuario no es plenamente consciente del alcance de ese permiso.
El capítulo de las contrataciones telefónicas es especialmente delicado. Las ofertas suelen presentarse como urgentes o exclusivas, lo que empuja a tomar decisiones rápidas sin disponer de la información por escrito. Mientras nadie se plantearía comprar una vivienda o un coche por teléfono, sí es habitual aceptar seguros, cambios de tarifa energética o paquetes de telecomunicaciones con una simple conversación grabada.
Los expertos en consumo insisten en que es preferible exigir siempre documentación por escrito, ya sea por correo electrónico o a través de un área de cliente, antes de dar un “sí” definitivo. Revisar las condiciones con calma reduce el riesgo de contratar productos que no interesan o que implican compromisos de permanencia y penalizaciones ocultas.
A todo esto se añade que muchas campañas comerciales no respetan las limitaciones horarias ni los mecanismos de exclusión, como la Lista Robinson o servicios similares, ni otras acciones como campañas en WhatsApp Web. Si no hay inspecciones y sanciones efectivas, las compañías que basan su negocio en la venta telefónica intensiva tienden a seguir llamando, asumiendo estas prácticas como un coste más.
Qué propone la OCU para frenar el spam telefónico
Ante esta realidad, la OCU plantea medidas adicionales para intentar acotar de verdad las llamadas spam y la venta agresiva por teléfono. Una de sus prioridades es lograr una identificación clara de la empresa y del centro de llamadas que está detrás de cada número, de forma que las personas afectadas puedan denunciar con facilidad y las autoridades tengan más margen para actuar.
La organización también defiende que se actualicen de manera efectiva los registros de exclusión publicitaria, como la Lista Robinson o herramientas equivalentes. La inscripción en estos listados debería anular automáticamente consentimientos comerciales previos, evitando que antiguas autorizaciones se utilicen como excusa para seguir llamando.
Otra de las propuestas pasa por prohibir la contratación telefónica en sectores especialmente sensibles, como el de la energía. La idea es que las ofertas se puedan explicar por teléfono si el usuario lo desea, pero que la firma final requiera siempre un soporte escrito que la persona pueda leer y valorar con tranquilidad.
Además, la OCU subraya la importancia de imponer sanciones económicas disuasorias a las empresas que incumplen de manera reiterada las normas sobre spam telefónico. Sin multas significativas, consideran que las compañías seguirán incorporando estas prácticas en su modelo de negocio, porque el beneficio obtenido compensa los riesgos.
En última instancia, el objetivo de estas propuestas es cambiar el equilibrio de fuerzas entre consumidores y empresas. Si llamar en frío sin permiso deja de ser rentable y se vuelve jurídicamente arriesgado, el uso masivo del teléfono como canal de venta podría perder atractivo frente a fórmulas más transparentes y respetuosas.
La respuesta de las operadoras: «llamada visible» y filtros antispam
Las compañías de telecomunicaciones también han empezado a mover ficha. Un ejemplo destacado es el del grupo MásOrange, que ha desplegado en España una función bautizada como “Llamada Visible”, basada en una capacidad de la tecnología VoLTE (Voz sobre LTE) que hasta ahora apenas se había explotado para estos fines.
Esta funcionalidad, activada por defecto en las 26 millones de líneas móviles de sus marcas, permite que, cuando entra una llamada, el móvil muestre en la pantalla un aviso como “Posible llamante no deseado” si el número figura como origen habitual de comunicaciones comerciales o se ha detectado como potencial spam.
Para los clientes que no quieren ser molestados, supone una ayuda para decidir en pocos segundos si merece la pena contestar. La herramienta no tiene coste adicional, no obliga a instalar aplicaciones específicas y se integra en la red y en los dispositivos compatibles con VoLTE, lo que facilita su adopción masiva.
Sin embargo, esta misma función abre una nueva vía de negocio. MásOrange ha firmado una alianza con la empresa Hiya para ofrecer el servicio Hiya Branded Calls, gracias al cual las compañías que realizan llamadas comerciales pueden personalizar la forma en que aparecen en el móvil del destinatario.
A cambio de una tarifa, estas empresas pueden mostrar su nombre, logotipo y el motivo de la llamada en aquellos dispositivos y operadores que soportan la tecnología (en España, principalmente líneas de MásOrange y ciertos modelos de Samsung). Hiya calcula que alrededor del 50% de los destinatarios en el país cumplen las condiciones técnicas necesarias para ver esta información enriquecida.
De esta manera, las compañías que no quieren aparecer como “número oculto” o “desconocido” pueden contratar paquetes de llamadas de marca —por ejemplo, 250 comunicaciones por unos 39 euros—, con un coste aproximado de 0,156 euros por llamada identificada. A cambio, mejoran la probabilidad de que la persona usuaria descuelgue, al percibir una identidad clara en pantalla.
En la práctica, estas soluciones intentan equilibrar el derecho del consumidor a saber quién le llama con el interés de las empresas por no ver desplomada la efectividad de su marketing telefónico. Para el usuario, el reto sigue siendo el mismo: interpretar correctamente la información que aparece en pantalla y decidir con criterio si atiende, rechaza o bloquea.
Tecnología al rescate: de la red al propio móvil
Además de las iniciativas impulsadas por los operadores, los propios fabricantes de teléfonos están incorporando herramientas cada vez más sofisticadas contra el spam. En el ecosistema Apple, por ejemplo, las últimas versiones de iOS han introducido funciones que utilizan la inteligencia artificial para identificar y filtrar llamadas sospechosas.
Entre estas novedades figura un sistema por el cual, cuando entra una llamada de un número que no está en la agenda, el asistente Siri puede responder de forma automática antes de que suene el tono para el usuario. El asistente pregunta el nombre de la persona que llama y el motivo de la llamada, y con esa información preliminar, el propietario del teléfono decide si le interesa atender o no.
Este tipo de herramientas se suman a los filtros clásicos que permiten silenciar o bloquear llamadas de remitentes desconocidos, así como a las aplicaciones de terceros especializadas en identificación de spam. Todas ellas se apoyan en grandes bases de datos, listas de números reportados y algoritmos que analizan el comportamiento de cada línea.
La combinación de soluciones a nivel de red (como la “llamada visible”) y a nivel de dispositivo personal ofrece un escudo más completo frente a comunicaciones no deseadas y posibles intentos de fraude. Aun así, los expertos recuerdan que ninguna tecnología es infalible: siempre habrá llamadas que consigan colarse entre los filtros.
Por eso, más allá del bloqueo automático, sigue siendo esencial el criterio del usuario. Desconfiar de las ofertas inesperadas, desconectar ante mensajes alarmistas o urgentes y comprobar por vías oficiales cualquier comunicación que diga venir de un banco, una administración o una gran empresa son hábitos que reducen significativamente la exposición a engaños.
Qué recomiendan los expertos cuando suena una llamada spam
En un entorno donde las llamadas masivas las gestiona cada vez más el software y no una persona, las pautas para protegerse cambian ligeramente. Los especialistas en ciberseguridad y protección de datos proponen una serie de consejos prácticos para el día a día.
En primer lugar, si se contesta a una llamada desconocida y enseguida queda claro que se trata de spam, no es recomendable entrar en discusiones, ni responder a preguntas, ni facilitar información personal. La reacción más efectiva suele ser una frase corta —por ejemplo, “no gracias, no quiero recibir llamadas comerciales”— y colgar a continuación.
También se aconseja evitar interactuar con grabaciones automáticas: no pulsar teclas, no responder con “sí” de forma clara, ni seguir instrucciones que pidan confirmar datos. Ciertas técnicas fraudulentas intentan utilizar esas respuestas grabadas para suplantar la voluntad del usuario en procesos posteriores.
Tras finalizar la llamada, el siguiente paso es bloquear el número desde el propio dispositivo y, cuando sea posible, marcarlo como spam o no deseado. Esa acción alimenta los sistemas de filtrado del móvil y, en muchos casos, contribuye a que futuras llamadas similares se intercepten de forma automática.
Los expertos recomiendan además revisar los ajustes de privacidad y seguridad del teléfono para activar las opciones que silencian llamadas de remitentes desconocidos o que priorizan contactos conocidos. Aunque no se puedan detener todas las llamadas, sí se puede reducir notablemente el volumen de interrupciones.
Por último, resulta útil revisar de vez en cuando los contratos y consentimientos otorgados a operadores, aseguradoras, comercios en línea y otros servicios, revocando el permiso para comunicaciones comerciales cuando no interesen. Reducir las fuentes legales que pueden llamar en nombre propio o de terceros ayuda a acotar la exposición al spam legítimo y deja más en evidencia a quienes actúan al margen de la normativa.
En un escenario en el que la seguridad digital y la protección de datos son cada vez más relevantes, aprender a gestionar las llamadas spam —saber cuándo contestar, qué decir y cómo cortar— se ha convertido en una competencia básica. La combinación de leyes más estrictas, tecnologías de filtrado y un uso responsable del teléfono permite, poco a poco, que este tipo de comunicaciones pierda fuerza y deje de condicionar la vida diaria de los usuarios.