El debate sobre a qué edad deberían acceder los menores a las redes sociales ha dado un giro importante en Europa. El Parlamento Europeo ha aprobado un informe político que pide fijar una edad mínima armonizada de 16 años para abrir cuentas en redes sociales, servicios de intercambio de vídeo y compañeros de inteligencia artificial en toda la Unión Europea.
Aunque el texto no tiene fuerza de ley, envía una señal clara de hacia dónde se mueve la regulación digital europea: limitar el acceso de los menores, reforzar los sistemas de verificación de edad y recortar de raíz las funciones diseñadas para enganchar a los adolescentes a la pantalla. Todo ello, con el foco puesto en la salud mental y el bienestar de niños y jóvenes.
Una edad mínima de 16 años con excepciones entre los 13 y los 16
El informe aprobado en Estrasburgo propone que solo sea posible acceder libremente a las redes sociales a partir de los 16 años en la UE. Entre los 13 y los 16 años, los menores podrían utilizar estas plataformas únicamente si cuentan con el consentimiento expreso de sus progenitores o tutores legales, y por debajo de los 13 años se plantea un bloqueo total del acceso a redes sociales y servicios similares.
Los eurodiputados subrayan que esta regla no solo debe aplicarse a las redes sociales clásicas como TikTok, Instagram, Facebook o Snapchat, sino también a plataformas de vídeo bajo demanda, servicios de intercambio de clips y “compañeros de IA” que interactúan de forma conversacional con menores. La idea es que todo el entorno digital que pueda tener impacto social o emocional en los niños respete un mismo marco de edades.
La resolución insiste en que la responsabilidad definitiva de definir los límites de edad recae en cada Estado miembro, tal y como ya prevé la Ley de Servicios Digitales (DSA). Sin embargo, la Eurocámara quiere marcar una referencia común: 16 años como estándar europeo, con un umbral mínimo absoluto de 13 años por debajo del cual se considera que el acceso no debe permitirse en ningún caso.
El apoyo político ha sido amplio: el informe salió adelante con 483 votos a favor, 92 en contra y 86 abstenciones, una mayoría que refleja que la preocupación por el uso digital de los menores atraviesa prácticamente todo el arco político europeo.

Motivos: adicción, salud mental y presión social en internet
El Parlamento Europeo manifiesta una preocupación profunda por los riesgos para la salud física y mental a los que se enfrentan los menores en el entorno digital, y las evidencias sobre las pruebas causales del daño han intensificado la preocupación. En el documento se alerta de la combinación de algoritmos, notificaciones constantes y diseños pensados para retener la atención, que en la práctica se traduce en un uso compulsivo de las redes.
Las cifras que se citan en los informes de la propia Eurocámara son elocuentes: el 97 % de los jóvenes se conecta a internet a diario y el 78 % de los adolescentes de entre 13 y 17 años consulta sus dispositivos al menos una vez por hora. Uno de cada cuatro menores presenta un uso considerado “problemático” o “disfuncional” del smartphone, con patrones que se asemejan a una adicción.
Esta dinámica, advierten los eurodiputados, afecta a la capacidad de concentración y a la forma en la que los menores se relacionan con los contenidos, generando dificultades para desconectar, aumento del estrés y un impacto notable en la autoestima, especialmente en redes centradas en la imagen y la popularidad.
Además, el informe señala como motivos de alarma el ciberacoso, la exposición a contenidos inadecuados para la edad y la presión social que se genera en plataformas donde el éxito se mide en seguidores, likes y visualizaciones. Según el Eurobarómetro, más del 90 % de la población europea considera urgente actuar para proteger a la infancia en internet, especialmente frente a la influencia de las redes sociales en la salud mental y frente al acoso en línea.
En palabras de la ponente del informe, la eurodiputada Christel Schaldemose, el objetivo es poner límites claros a unas plataformas que no han sido pensadas para la infancia y frenar lo que muchos consideran un “experimento” con millones de menores como sujetos de prueba.
Prohibir el scroll infinito y otras funciones adictivas

Además de la edad mínima, la Eurocámara reclama cambios profundos en el diseño de las plataformas para que dejen de apoyarse en mecanismos que fomentan el uso compulsivo. Entre las medidas propuestas figura la prohibición de las prácticas más claramente adictivas y la desactivación por defecto de otras funciones que atrapan la atención de los menores.
Entre estas herramientas, los eurodiputados citan expresamente el scroll infinito, la reproducción automática de vídeos, la recarga constante de contenido al deslizar, los bucles de recompensa, la ludificación agresiva y las cajas o cofres sorpresa que existen en videojuegos y plataformas de streaming. Todas ellas se consideran dinámicas que incentivan pasar horas conectados sin apenas darse cuenta.
También se propone limitar o prohibir sistemas de recomendación basados en el perfilado y la interacción cuando se trata de usuarios menores de edad, de modo que los algoritmos no sigan empujándoles hacia contenidos que, aunque les retengan, puedan resultarles perjudiciales o inadecuados.
En el ámbito publicitario, el Parlamento pide medidas contra las tecnologías persuasivas utilizadas para influir en el comportamiento de los menores. Esto incluye anuncios personalizados, marketing de influencers dirigido a niños y los llamados “patrones oscuros”, es decir, diseños de interfaz que empujan a hacer clic, comprar o permanecer conectado de forma poco transparente.
Las plataformas de vídeo en línea y los servicios de juego también quedan bajo el foco: se reclama aplicar estrictamente la Ley de Servicios Digitales y vetar elementos como las cajas de recompensas aleatorias o las monedas virtuales que incentivan permanecer conectado durante largos periodos para conseguir ventajas.
Verificación de edad y responsabilidad de las grandes plataformas
Para que todas estas medidas no se queden en una mera declaración de intenciones, la Eurocámara respalda la iniciativa de la Comisión Europea de desarrollar una aplicación de verificación de edad a escala comunitaria y una cartera de identidad digital europea que permita acreditar la edad de forma fiable en internet.
Los eurodiputados insisten en que estos sistemas deberán respetar la privacidad de los menores, minimizar la cantidad de datos recogidos y evitar que se conviertan en herramientas de vigilancia masiva. Aun así, consideran que es necesario contar con mecanismos robustos que impidan que un niño de 11 o 12 años pueda crearse una cuenta simplemente marcando una casilla.
El texto advierte además de que la existencia de herramientas de verificación no exime a las plataformas de su propia responsabilidad. Las empresas tecnológicas deberán asegurarse de que sus servicios sean seguros y apropiados para las distintas franjas de edad “desde el diseño”, sin delegar todo el peso en el control parental o en aplicaciones externas.
Otro punto relevante del informe es la posibilidad de atribuir responsabilidad personal a altos cargos de las compañías digitales en casos de incumplimiento grave y reiterado de las obligaciones de protección de menores y verificación de edad. Esta idea apunta a que no solo la empresa, sino también quienes la dirigen, puedan enfrentarse a consecuencias si se ignoran de forma sistemática las normas.
En paralelo, los eurodiputados plantean excluir del mercado europeo aquellos sitios web y servicios que no respeten la normativa de la UE en materia de protección de menores, lo que podría tener un gran impacto sobre plataformas extracomunitarias que operan sin adaptar sus sistemas a los estándares europeos.
La amenaza de la IA generativa y la explotación comercial de los menores

El informe del Parlamento Europeo no se limita a las redes sociales tradicionales, sino que dedica un espacio significativo a los riesgos de la inteligencia artificial generativa y de los “chatbots” de compañía. Los eurodiputados mencionan el auge de aplicaciones capaces de crear imágenes manipuladas sin consentimiento, incluidas escenas de desnudez con menores mediante el uso de ultrafalsificaciones o deepfakes.
La Eurocámara pide medidas urgentes frente a estas herramientas, señalando que ya se han detectado casos en los que se utilizan para producir material sexualizado de menores, sustituyendo rostros o cuerpos sin permiso. A ello se suma el temor a que los agentes conversacionales de IA terminen reemplazando parte de la interacción social real, con episodios documentados de jóvenes que, tras largas conversaciones con sistemas de IA, han desarrollado conductas autolesivas o violentas.
Otro frente abierto es la explotación comercial de los menores en internet. Los eurodiputados ponen el foco en el los llamados kidfluencers, niños que generan contenido patrocinado y que pueden convertirse en una fuente de ingresos para terceros. El Parlamento pide prohibir que las plataformas ofrezcan incentivos económicos que fomenten este tipo de actividad cuando afecta a menores.
Estas preocupaciones se enmarcan en una reflexión más amplia sobre cómo la economía de la atención y la publicidad personalizada se apoyan en los datos y la vulnerabilidad emocional de los más jóvenes. Los legisladores europeos buscan así un cambio de enfoque, en el que la protección de la infancia prime sobre las métricas de engagement y los ingresos publicitarios.
En este contexto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y otros líderes comunitarios han citado a Australia como ejemplo de endurecimiento regulatorio, tras la aprobación de una ley que obliga a impedir el acceso de menores de 16 años a las redes sociales bajo amenaza de fuertes multas, y que sirve de referencia para las reflexiones en curso en la UE.
España y otros países europeos se alinean con la nueva tendencia
Mientras en Bruselas se debate el marco común, varios países europeos ya están dando pasos en la misma dirección. En el caso de España, el Gobierno ha impulsado una ley de protección a la infancia en el entorno digital que, entre otras medidas, prevé elevar también a 16 años la edad para abrir un perfil en redes sociales.
Esta normativa española incluye un paquete más amplio de acciones: obligar a que los dispositivos tecnológicos salgan de fábrica con sistemas de control parental, establecer órdenes de alejamiento virtual frente a acosadores en línea y castigar con penas de prisión de hasta dos años la creación y difusión de imágenes sexuales de menores generadas con inteligencia artificial.
El Ejecutivo ha pedido un amplio consenso parlamentario para sacar adelante esta ley, y ha reclamado además un compromiso claro a las grandes tecnológicas para que colaboren activamente en la reducción de los riesgos derivados del mal uso de las redes y otros servicios digitales por parte de jóvenes y adolescentes.
Más allá de España, el debate sobre el límite de edad para acceder a redes sociales se ha intensificado en países como Francia, Alemania, Italia, Bélgica o los Países Bajos, cada uno con aproximaciones propias pero con un denominador común: más controles, más verificación y menos margen para el acceso irrestricto de los menores.
En paralelo, encuestas y estudios muestran que una amplísima mayoría de la ciudadanía europea respalda la adopción de medidas contundentes para proteger a los niños en internet, especialmente ante el impacto negativo de las redes en la salud mental, el aumento del ciberacoso y la falta de filtros efectivos para bloquear contenidos inadecuados para su edad.
Todo apunta a que la propuesta de fijar la edad mínima de 16 años para redes sociales en la UE, acompañada de una batería de restricciones al diseño adictivo y de exigencias de verificación de edad, marcará el rumbo de las políticas digitales europeas en los próximos años. Aunque por ahora se trata de una resolución sin carácter vinculante, el mensaje es nítido: las plataformas que quieran operar en Europa tendrán que rediseñar su relación con los menores, y los Estados miembros, con España entre ellos, se preparan ya para convertir estas líneas maestras en leyes concretas y controles mucho más estrictos que los actuales.